Cuentos cortos: dos palabras
Poco tiempo atrás invitamos a los lectores de BBC Mundo a que nos enviasen un cuento corto.

La consigna era la siguiente: el relato debía contener las palabras anemoscopio e inverecundia , había que mencionar un programa de la BBC y su extensión no debía superar las 200 palabras.

La respuesta fue sorprendente: recibimos muchísimos cuentos y la gran mayoría de ellos mostraban mucha imaginación y un gran sentido del humor.

Para cerrar esta iniciativa con broche de oro, le ofrecemos una pequeña muestra de algunos de ellos. Esto no significa que los demás fueran malos, sino que eran muchos para elegir. Y a usted, ¿cuál le gusta más? Vote por su cuento favorito, utilizando la caja de votación a la derecha de la página.

Era un honor para mí formar parte de los titulares de la BBC como el criminal más buscado en Sudamérica. Sin embargo, no tenía tiempo para leer demasiado ya que vagaba por las desérticas rutas de la Patagonia, cuando en medio del desolado paisaje me tope con una casilla rodante. Necesitaba combustible y lo único que tenía que hacer era chupárselo a esa casa con ruedas sin ser detectado en la oscuridad de la noche. Saqué mi manguera corta y comencé a extraer el combustible de a poco. En un momento el combustible dejó de salir, yo hice mas fuerza para seguir chupando para ver si salía, de pronto salió de golpe y me tragué un buen sorbo. Mientras tosía se prendieron las luces de la casa rodante y salió un hombre, me sorprendió su inverecundia cuando me preguntó que hacía con el tanque de desechos de la casa rodante. Hasta el día de hoy tengo náuseas al oír el sonido del excusado

Corría el año 77 y las noches de Buenos Aires eran peligrosas. Autos sin ninguna identificación cruzaban la ciudad y paraban por algún lugar. Los ocupantes bajaban, armas en mano y secuestraban o mataban, aprovechando la impunidad de la noche. Hoy es 7 de julio. El viento frío hace girar el anemoscopio de la cúpula. Ellos están por venir, lo intuyo. Para distraerme escucho la radio, busco información en la BBC, las emisoras locales están censuradas y con un militar al lado de todo micrófono. Ellos no perdonan a quien sólo piensa distinto. Están por venir. Escribo esto desde el ático, que es lo único que me quedaba para ocultarme. Siento el chirriar de neumáticos portazos y grito. Están echando la puerta abajo. Si leen esto es por que ya he muerto. Saco sin apuro la hoja de la Rémington la pliego y la guardo en la Biblia. (Agrego con lápiz) Ellos ya suben la escalera.

-Oiga, hombre, Berceo. Como yo sé de sus aficiones literarias, creo que esta noticia le puede interesar. Resulta que la BBC de Londres convocó un concurso de cuento corto. -Ajá. Y, ¿cuáles son las condiciones? -Ya está dicho: que sea corto y que contenga las palabras "anemoscopio" e "inverecundia", así como el nombre de alguno de los programas de ese órgano de difusión -Y, ¿qué significan esas palabras tan raras? -No tengo idea, pero con mencionarlas es suficiente. Y ¿los programas? -Son muchos, pero el que ahora interesa es "BBC INTERNACIONAL". -Supongo que habrá un premio para el mejor. -No lo hay. Simplemente divulgan el cuento por todo el ciberespacio. No es más. -No me interesa. Para esa gracia, lo escribiría sin sujetarme a unas condiciones tan idiotas y lo enviaría a otro concurso en el que tuviera la oportunidad de salir de pobre siquiera por un día. -¿Por qué no manda este? -¿Cuál? -Pues el que llevamos contado hasta aquí. -No sirve. Tiene más de doscientas palabras. -No importa. Le quitamos las que sobren. Ya ve. Bien mirado, esto cumple todos los requisitos. Mandémoslo, a ver. Más pierde la pava que el que le tira.


Si el viento hace que la cometa de aquel niño vire a la derecha me levantaré y conversaré con esa rubia que me tiene loco desde que llegué, si vira a la izquierda seguiré recostado aprovechando estos nada despreciables rayos de sol, y seguiré saboreando la brisa del mar. Mmjm¿ no veo que haya mucho movimiento, tal vez si hubiera traído un anemoscopio lo podría anticipar. ¿Dónde habré escuchado esa palabrita de "anemoscopio"? Me suena al nombrecito que se carga mi tío Cróspulo, tal vez por eso me quedó tan grabado. Se está moviendo, se está moviendo¿ izquierda, derecha, izquierda, derecha, mmm ¡nooo! Maldita sea, derecha. ¿Y ahora? Esa chica tendrá que entender que soy casado y sobre todo un hombre fiel, además no creo que le gusten los hombres que escuchan el programa Enfoque de BBC, suena muy sobrio¿ Aunque ¿ puede ser que le gusten los hombres inteligentes y bien informados, válgame, estoy en un dilema. En cualquier caso ¿Qué podría decirle a mi esposa si me levanto y voy con esa chica? Se le haría muy extraño a ella que me ponga a platicar de la nada con una extraña cuando ni siquiera platico con mi propia familia.

"Las notas de Jazz", cruzan mis tímpanos, tirada en el sillón tarareo. Tus pies descalzos te llevan a mí, con qué inverecundia arrancas los audífonos para dirigir mi mirada como un anemoscopio.

Zenobia, una doméstica de mi niñez, solía hacerme tomar la sopa contándome leyendas de su región. Afirmaba en una de ellas que los sentimientos humanos se contagiaban del viento, cuya fuerza advertía la intensidad de los que contenía. Así, los hálitos anunciaban sentimientos delicados como la nostalgia o la ternura; las brisas, moderados como el disgusto o el cariño; los ventarrones, cargados como la ira o la pasión y así hasta los huracanes... Por eso la velocidad con que girara una veleta, o anemoscopio, nos anunciaría la fuerza de los sentimientos. Pregunté: "¿cómo saber si eran sentimientos malos o buenos?" Respondió: "si la veleta apuntaba al norte eran los sentimientos buenos y si lo hacía al sur eran los malos". Insistí: "¿qué indicaba entonces si apuntaba al este o al oeste?" Su inverecundia para evadir preguntas difíciles la salvó, pues sentenció que tomara la sopa de una vez... En una edición de "Hard Talk", de la BBC, un especialista de armas químicas señaló que los alemanes ya contaban en 1944 con un gas que atacaba los nervios... Recordé por alguna razón a Zenobia: quizás tenía razón con sus historias sobre vientos que contagiaban sentimientos...

-¡Muchacho grosero! ¡Deje de decir groserías! no había terminado de decir la última palabra cuando ¡Plaf! su rugosa palma se estrello contra la boca de Luis, su nieto de 10 años. -¡Abuela qué hice!, dijo éste entre asustado e indignado. -No te hagas el loco que te oí murmurando groserías. -¡Abuela, no son groserías! son las palabras anemoscopio e inverecundia!, es que a los locos de la BBC de Londres se les ocurrió inventar un espacio de cuentos cortos en donde uno debe escribir una historia utilizando esas dos palabras y no tengo ni idea que significan y estoy buscándolas en el diccionario. La abuela sintió que había metido la pata, pero sólo se limitó a decir con voz enérgica: -Bueno ¡ya! ¡Sigue con lo tuyo! Mientras disimulaba su error bajando la mirada a su bordado. Luis ahora tiene 35 años, le vino a la mente este episodio con su abuela Dorotea al ver un Anemoscopio en un libro escolar de su hijo. -¡Qué palabritas! Se dijo, jamás se le olvidarían como tampoco se le olvidó la bofetada de la abuela que ahora recordaba con una sonrisa, bofetada que se ganó gracias a "los locos de la BBC de Londres".

Cae la tarde. Una nube gris, enorme, casi se posa a ras del suelo. Termina el silencio, para dejar paso al murmullo del viento. Llueve, se moja la hierba. Los pajarillos, contentos, se recogen bajo los árboles. La vida florece. Una risueña joven, de pelo ondulado, asoma a la ventana; espera por su amado, mientras oye un programa sobre el centenario de Neruda en la BBC de Londres. A los pocos minutos llega él, nervioso y todo mojado. Se miran, sonríen, sueñan. Ella abre la puerta y, entre abrazos y besos, con un paño lo seca. Entonces, sobre nubes de algodón y seda, los corazones se hinchan de pasiones. Un lagarto llega también a la ventana con toda inverecundia; mira asombrado. Le crece una burbuja encarnada, pero aún sigue mirando. Algo parece divertirle. Tal vez percibe que adentro y afuera la vida germina. Quizás, quién sabe, recuerda experiencias pasadas, placenteras según toda evidencia.

"La clase que viene, vamos a hacer un anemoscopio", nos había dicho la señorita Susana aquella tarde. Nuestras caras de desconcierto eran tales, que ella nos miró con una sonrisa socarrona... ¿Un anemoscopio? ¡Señorita Susana! ¿Cómo vamos a hacer un aparato para examinar el ánimo? Yo me acordaba de que mi tío Roberto, que era médico, usaba siempre el estetoscopio, para escuchar los latidos del corazón, así que ese día, lo fui a ver. ¿Un anemoscopio? ¿También usará eso? Pero mi tío no estaba. Sumido en complejas elucubraciones, me fui para casa, para preguntarle a mi madre, que siempre escuchaba los programas de la BBC sobre ciencia, para qué servían los anemoscopios. Pero me mandó al diccionario, que develó mi duda. Entonces, ¡tenemos un anemoscopio en casa! ¡Pero no se llama así! En una esquina de la casa, mi padre había colocado un gallo, que como un mascarón de proa, le hacía frente al viento. Nos divertíamos con mis hermanos los días de viento mirando cómo se movía, enloquecido. Al día siguiente, entré al aula con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando llegó la señorita Susana, me acerqué y le dije: "Hoy vamos a hacer la veleta".

Manuel, arrellanado en el sillón con los auriculares, no sintió el portazo. -¡Qué desfachatez! - dijo Carmen esgrimiendo el paraguas empapado. -Inverecundia dirás... -No, no comencemos con términos raros...desfachatez dije, desvergüenza si lo prefieres...las cuatro de la tarde y tú escuchando tonterías en la radio a la espera de que llegue la inspiración..., como, como por arte de magia. Él, sin perder la calma, bajó el volumen del audio. -Tonterías no, es el resumen de noticias de la BBC. Carmen que no acababa de comprender qué relación podría existir entre un noticiero y el arte quiso protestar pero Manuel se le adelantó. -¿Sabes cuál era el programa preferido de Cortazar? -N...no... -Éste - dijo Manuel - .Y créeme, ni Cortazar ni la BBC son una mala sintonía para terminar ese cuento - agregó indicando la pantalla casi vacía del ordenador. Ella, resignada, caminó hacia la cocina pero la detuvo la voz amable de Manuel. -Querida, procura cerrar todo pues según el anemoscopio del vecino el viento ha cambiado. -¿El anemos...qué? -El gallito mi amor, el gallito del techo - dijo, y volvió a hundirse en lo suyo.

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